Trilogía: I.- "Una historia de tortura" por Ehiztari - Blog Ehiztari
- No me das miedo, Spike
- Entonces tendré que esforzarme más. – Sonrió Spike, pero Angel tuvo la sensación de que el rubio intentaba subir la puja porque se veía en riesgo de ser sobrepasado.- Contigo o... con algo que te importe. ¿Qué tal esa chica? Ya conoces mi debilidad por las cazadoras... ¿Sabes que estuve vigilándola? Me encanta cómo baila. Si se mueve así en la cama, no me extraña que te tenga bien sujeto...
Spike había cometido el error de acercarse demasiado, lo suficiente para que Angel pudiera propinarle un formidable rodillazo en los testículos.
El vampiro rubio quedó sin aliento.
- Eso es sólo para que aprendas respeto – le espetó Angel.
Cuando consiguió recuperar el resuello y enderezarse, Spike se cobró con creces el golpe. Un par de puñetazos inapelables a la mandíbula y un directo al estómago dejaron al encadenado Angel al borde de la inconsciencia.
- Y eso es sólo para que aprendas quién está al mando.
Se miraron los dos con rencor. Sombríos y silenciosos, intentando ambos mantenerse erguidos. Tras unos instantes, Angel murmuró.
- Bien, los dos hemos aprendido una lección.
- Bien- admitió Spike apretando su mano contra la zona dolorida. Se irguió despacio y con resentimiento.- Pero antes no eras tan caballeroso con las damas.
A Dru siempre le habían gustado las muñecas. Jugaba con ellas, las vestía, las mecía, pero sobre todo las castigaba, las regañaba y muy a menudo las perdía. Afortunadamente nunca tendría hijos, porque, a juzgar por cómo trataba a sus muñecas, sería una madre pésima. Después, sin embargo, se angustiaba muy sinceramente cuando alguna de ellas se extraviaba o aparecía rota. Especialmente la señorita Edith, su preferida, la que con más saña maltrataba y de la que más solícitamente se preocupaba después. Aquella tarde de otoño, en Londres, como en otras ocasiones, la señorita Edith había desaparecido y Dru la buscaba afanosa por todos los rincones de la casa.
- ¿Has visto a la señorita Edith, Spike?
El aludido levantó la vista del periódico.
- No, cielo. No la he visto desde ayer.
Dru siguió buscándola infructuosamente. Al poco tiempo, se sintió sobrepasada por la magnitud de su desgracia. Entonces acudió a Angelus,
- ¡No encuentro a la señorita Edith! – manifestó casi con desesperación.
- ¿Y qué demonios quieres que yo haga? - Llovía y quizás sólo por eso, Angelus estaba especialmente irascible.- ¡Vete a molestar a Spike!
Su áspera respuesta provocó que Dru empezara a gimotear. Spike se levantó a consolarla, pero Angelus estaba de muy mal humor.
- ¡Maldita sea! Basta ya de lloros, Dru. Acabaré quemándote todas esas muñecas repulsivas. O quizás sea mejor que te dé unas cuantas bofetadas para que llores con motivo.
Dru lo miró asustada. Su sire nunca le había levantado la mano, pero había tanta cólera en su amenaza que la pobre chica se sintió paralizada de terror. Spike también se sorprendió por la desmedida violencia de Angelus, pero supo reaccionar con prontitud. Se acercó a Drusilla y la acogió en sus brazos.
- No lo dice en serio, Dru. –Clavó su mirada en Angelus- Ni siquiera él es tan despreciable como para pegar a una mujer.
Angelus se encaró con Spike.
- A una mujer, quizás no; pero a ti no tengo ningún problema en darte una paliza. Te lo advierto, no estoy de humor para aguantar insolencias y menos de ti que de nadie. –Angelus le dio una orden inapelable.- Lárgate, si no quieres que te muela a palos.
Quizás Spike, de haber estado solo, habría obedecido. Pero el tono de Ángelus era tan estremecedor que Dru, asustada, se cobijó en sus brazos musitando su nombre y entonces Spike comprendió que no podía salir de la habitación dejándola a solas con el enfurecido amo. Dru lloraría o haría cualquier cosa que irritaría más a Ángelus y en lugar de calmarla, su cólera la perturbaría más y más. Spike acarició la melena negra de Drusilla mientras miraba a los ojos de Angelus y con voz suave, para no asustarla a ella, pero con inequívoco aplomo, le contradijo:
- No. Será mejor que salgas tú.
Ángelus no daba crédito a la audacia del joven.
- ¿Cómo te atreves a retarme? Sabes que soy mucho más fuerte que tú y que te voy a zurrar.
- Sí, sé que lo harás porque también sé que eres un cobarde.
No hubo más prolegómenos. Ángelus se lanzó contra él y apenas dio tiempo a Spike de apartar a Drusilla. Fue una pelea muy corta. En realidad, más que una pelea, fue una paliza, otra más. Era cierto que Angelus tenía mayor fuerza y corpulencia, pero además era un luchador mucho más experimentado que Spike quien aún no había adquirido ni las mañas ni la agilidad que luego le permitirían defenderse durante un siglo de enemigos más grandes que él. Encajó un puñetazo en la boca que lo lanzó de espaldas contra la pared. Allí Ángelus machacó sus flancos con cinco o seis golpes inmisericordes. En mitad de aquella lluvia de violencia, Spike consiguió alcanzar el mentón de Ángelus, sin demasiada potencia, pero obligándole a retroceder un paso, lo justo para escapar de su apurada situación arrinconado contra el muro. No le sirvió de gran cosa. Ángelus cogió una silla y la estampó con todas su fuerzas contra el rostro de Spike. Fue el final. Cayeron algunas maderas rotas al mismo tiempo que el joven poeta se derrumbaba también. Ángelus tiró los restos de la silla antes de dirigirse a la salida más furioso aún que al principio.
- Muy bien, Spike. Lo has conseguido. Tú te quedas y yo me marcho.
En el suelo, Spike escupió una muela junto con saliva ensangrentada. Se arrastró hasta un sólido aparador para intentar ponerse en pie apoyándose en el mueble, pero en seguida desistió. No tenía ni fuerzas ni valor para enfrentarse otra vez con el dolor que laceraba su pecho al menor movimiento. Seguro que era alguna costilla rota. Se quedó tendido sobre la alfombra, esperando sin saber muy bien qué.
Drusilla se le acercó silenciosa y con gesto apenado. Se arrodilló a su lado.
- Spike...- ronroneó buscando su consuelo como un cachorrillo apaleado. El joven, desde el suelo, extendió su mano para rozar la negra cabellera.- No entiendo por qué se ha enfadado tanto...
Intentar explicar lo inexplicable a la mente sin lógica de Drusilla era una tarea inútil. Spike se limitó a mantener su caricia.
- ¿Crees que yo he tenido la culpa, Spike?
Spike se limitó a susurrar.
- No – la tranquilizó. Después añadió suavemente:- Él es así.
- Yo sólo quería encontrar mi muñeca... –gimoteó Dru.- Ahora tú estás mal y la señorita Edith tendrá miedo sola. –Dru se acurrucó junto al cuerpo tendido de Spike. Él pasó su brazo sobre el cuello femenino y la atrajo un poco hacia sí en un gesto callado de consuelo. Dru buscó su caricia, acercándose más a él, pero el peso de su cabeza sobre el pecho de Spike hizo gemir al poeta.
- La cabeza un poco más arriba, cielo - pidió.- Así mejor. No te preocupes, Dru. Mañana encontraremos a la señorita Edith.
- ¿La buscarás conmigo, Spike?
- Te lo prometo.
Drusilla le dedicó una sonrisa plena de confianza que conmovió a Spike. Pobre niña perdida y rota como sus muñecas, qué fácil era a veces hacerla feliz. Enredó sus dedos en los largos mechones azabache.
- Mañana yo estaré mejor y a Ángelus se le habrá olvidado su mal humor, ya lo verás.
La sonrisa de Drusilla se hizo más abierta. Se inclinó sobre él y buscó su boca en agradecimiento. El beso se le tiñó a Spike de contrarias sensaciones que mezclaban el dolor de sus labios inflamados con el suave roce de la lengua de Drusilla. Extraño y excitante, como el sabor de la sangre ajena que Dru paladeó en su boca. Hambrienta de sexo y caricias, la muchacha se deslizó hacia abajo sobre el cuerpo de su compañero. Desabotonó sus pantalones y empezó a masturbarlo suavemente.
- Haré lo que sea por Drusilla. La salvaré cueste lo que cueste. –Spike lo repitió y Angel comprendió que hablaba muy en serio. Lo que Spike decía tenía el valor de una promesa. Seguramente era lo que se había prometido a sí mismo o a ella, su princesa. Lo cumpliría. A Angel no le cabía la menor duda.- Y si tengo que dar tu vida a cambio, me parece un precio muy asumible.
- Dru. Siempre Dru…
- Si la elección está entre tu vida o la suya, ¿voy a perder ni siquiera dos segundos en planteármelo? ¿Crees que existe alguna peregrina razón por la que tendría que considerar ni remotamente la posibilidad de salvarte a ti en lugar de a ella?
- No. No estoy diciendo eso. Simplemente, me asombra tu dependencia de Drusilla. Siempre has sido su perrito faldero, pero pensaba que habrías espabilado.
- Buen intento, Angelus, pero unas pocas palabras despectivas no te van a librar de la muerte.
- ¿Crees que es eso? No estoy hablando de mí, idiota, sino de ti. Eres patético, Spike. Me sorprende que sigas mendigando de ella…
- Y tú me aburres, Angel –quiso interrumpirle Spike. Pero Angel era consciente de que estaba llegando a fibras muy sensibles. No iba a desistir tan fácilmente.
- Sí, me parece muy triste que tú lo intentes y pongas tanto de ti cuando en realidad,… nada que hagas la satisface, ¿verdad? – El poeta procuró contenerse, pero a Angel no se le ocultó la ráfaga de rabia que cruzó su mirada. Siguió aventurándose en disparos al aire, que al parecer, alcanzaban indefectiblemente en Spìke la diana más insospechada- Pero lo cierto es que… el verdadero problema es que es ella la que no puede satisfacerte a ti.
- ¡Cállate! O… - El puño de Spike se irguió amenazador contra el rostro de Angel.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Matarme antes del ritual? ¿Torturarme un poco más? No tienes muchas opciones. Son las ventajas de saberse condenado. Mi situación no puede empeorar, así que soy libre de decir lo que me plazca.
Spike notaba una vida expectante tras la puerta. Podía sentir el aleteo de una respiración al otro lado de la madera. Abrió sigilosamente. Desde la casi penumbra una voz infantil preguntó educadamente:
- ¿El señor Pendleton, mi preceptor, me ha levantado ya el castigo?
Era un niño de unos doce o trece años, no muy alto para su edad, con gafas y ropas de calidad. Probablemente el hermano pequeño de Lord Fitzleroy.
- ¿Estabas castigado? - El chico asintió.- ¿Por qué?
- No supe el acusativo de áner, andrós.
- Ándra- recordó al instante Spike.
- Sí, ahora ya lo sé...– El niño exhibió un ajado ejemplar de una gramática griega que, a juzgar por su estado, debía de haber pertenecido a varias generaciones de Fitzleroys - Llevo varias horas estudiando. ¡Y traduciendo! Dos páginas de Lisias.
Spike sonrió:
- Abogados pleiteando. No resulta muy motivador. ¿No tienes miedo aquí solo?
- Más que nada es aburrimiento, señor. Pero... –la cara del niño se animó con una sonrisa pícara.- No es la gramática lo único que me he traído.
Spike se acercó y levantó el voluminoso volumen abierto sobre la mesa, debajo del cual apareció otro.
- La Iliada. Bastante más entretenida y una buena forma de profundizar en el griego.
- Claro que yo la leo traducida.
El chico estudioso, educado, soñador, con gafas, le recordó inmediatamente a su pasado. Le pareció como mirar a un espejo que le devolvía su propia imagen de unos cuantos años atrás.
- ¿Cómo te llamas?
- Steven, señor. Y usted, señor, ¿me podría decir quién es?
- No importa quién soy yo. ¿Qué parte estabas leyendo?
- El desafío de Menelao y Paris. ¡Me gustan mucho los combates!
- Es lo que se espera de la épica... Pero yo prefiero la despedida de Héctor y Andrómaca. Me cae bien Héctor, es un buen tipo que sólo intenta conservar las cosas como eran.
- Pero Héctor perdió la guerra.
- Sí, pero luchó. Era mi personaje preferido.
- ¿Era? ¿Por qué habla en pasado? ¿Ya no lo es?
- Bueno. –Spike dibujó una ligerísima sonrisa.- Ya no tengo mucho tiempo para leer a Homero.
- Una lástima, señor.
- Sí, los tiempos cambian. Y ahora... voy a dejarte que sigas leyendo. Me voy.
- ¿Sigo castigado?
- Creo que sí, Steven. Además, es mejor que esperes a “la Aurora de rosados dedos”.
- ¿”Cuando los teucros vuelven a las cóncavas naves”? – Steve completó el verso homérico.
- Algo así. Y procura estar en silencio. Es más apropiado para saborear el poema.
En el silencio de la habitación, Angel se sintió taladrado por el rencor de Spike. Las cosas no estaban rodando del todo a su gusto. Enfrentarse al sire, aunque estuviera atado y a punto de morir, era algo que en su fuero interno habría deseado evitar. Sabía de sobra que cada vez que se cruzaba con Angel, había problemas y sólo la enfermedad de Drusilla le había llevado a buscarlo. Como en el pasado, Angelus se había preguntado cientos de veces por qué el poeta no escapaba de su lado, donde lo que habitualmente encontraba eran sólo humillaciones y golpes. La respuesta, también entonces era, claro, la misma. Spike seguía en el Clan de Angelus, porque no podía romper el vínculo que unía a Drusilla con su sire y él no concebía la existencia lejos de su princesa. Spike, pobre loco enamorado.
- Me habéis torturado durante horas- murmuró Angel.- Yo lo hice durante años. Te gano.
Steven de pronto recordó un detalle y salió de su habitación. Corrió hacia el recodo del pasillo donde oía alejarse los pasos del hombre.
- Señor, al final no me ha dicho su nombre...-empezó.
Pero cuando detuvo su breve carrera y elevó los ojos del suelo, se dio cuenta de que no estaba ante el desconocido que había entrado en su habitación. Era otro hombre más alto y corpulento quien respondió a su pregunta.
- Me llamo Angelus.
Spike en definitiva era obra suya. Él, Angelus había conseguido convertir al tímido William en un monstruo sediento de sangre y muerte. Otra cosa de la que presumir. Tenía muchos motivos de orgullo Angelus, recordó con amargura.
Llamaron a la puerta y alguien avisó a Spike de que tenían que ponerse pronto en marcha. La media noche estaba próxima.
Una vez a solas otra vez, Spike miró frente a frente a Angel.
- La historia acaba aquí. Éste es el punto final.
- No te hagas ilusiones, Spike. Hay cosas que la muerte no arregla. Siempre he conseguido hacerte daño- La voz de Angel se ensombreció de recuerdos- Mucho daño.
Las miradas de los dos se cruzaron. En la de Spike sobrevoló un terror ciego. Las aletas de su nariz se dilataron y un ligero temblor recorrió su ser. Angel comprendió que él también estaba recordando lo mismo. Por un momento, bajó la mirada, asaltado por algo parecido a la vergüenza.
Spike estaba desencajado. No quería rememorar aquello.
-Lo siento –musitó Angel
- ¿Lo sientes, cabrón? Torturaste a Dru hasta la locura y a mí me destrozaste este simulacro de vida que me habíais dado, me... – su voz se quebró un instante.- Y te divertiste mucho haciéndolo... Pudiste, al menos, acabar de una vez con nosotros, pero no, claro, para ti era muy divertido. Jugaste conmigo. ¡Y te reías! Recuerdo cuánto te divertías. – La expresión de Spike se volvió turbia, dando a sus palabras de amenaza una verdad que sobrecogía porque estaban preñadas de dolor.- Voy a acabar contigo para siempre, Angelus. Salvaré a Drusilla. Por encima de cualquier cosa, le devolveré la salud. Esta vez no vas a poder impedírnoslo. Te lo juro. Y te aseguro también que me alegraré cuando vea verter la última gota de tu sangre.
Angelus apareció con un envidiable buen humor. Se acercó sonriente a Spike, que paseaba entre las sombras fantasmales del jardín, para presentarle a su acompañante
- Mira qué te he traído. Un nuevo amigo. Nos divertiremos juntos.
La mano de Angelus descansaba sobre el hombro de Steven con la familiaridad de quien se considera dueño de algo y sus dedos se enredaban despreocupadamente entre el rubio cabello infantil. El chico, muy pálido, parecía tranquilo, pero sus gestos nerviosos delataban al niño asustado que quería parecer valiente. Al reconocer al hombre con quien había hablado de la Iliada, demostró un comedido pero sincero contento. Hizo un grácil gesto con la cabeza para saludarle y, el movimiento descubrió entre las blancas ropas los dos puntos rojos en su cuello. Una levísima sonrisa curvó sus labios.
- Parece que las cosas han cambiado, señor –comentó educadamente como saludo a Spike.
- Sí, Steven.
Spike se acercó despacio. Miraba al muchacho con una tristeza infinita, en un silencio tan ominoso que aumentó la inquietud de Steven. Fue sólo por un instante. En la mano de Spike surgió de pronto una madera que en un movimiento preciso y veloz apuñaló el pecho del niño.
Spike se quedó mirando al vacío que antes ocupaba el cuerpo menudo de Steven y donde ahora caían en triste lluvia los últimos átomos de polvo sobre la hierba.
- ¿Por qué?- protestó Angelus, indignado de incomprensión- Os habríais llevado bien. Era igual que tú.
- Por eso. Habría acabado siendo igual que yo.
Había sido un pequeño alivio la furia de Spike, empujándole, arremetiendo, escupiéndole su desprecio junto a las amenazas, pero ahora callaba. De pronto, se había venido abajo, como si no le quedaran fuerzas para los insultos ni la violencia. Como si de pronto se sintiera vacío y no encontrara sentido a seguir debatiéndose. Angel habría dado algo porque volviera a enfrentársele, porque recuperara su sarcasmo o lo golpeara, o fingiera disfrutar humillándolo, o... algo. Alguna reacción.
Finalmente, el antiguo poeta volvió a hablar, pero ahora su voz era mate, casi inaudible. Parecía que se hubiera olvidado de la presencia de Angel y se dirigiera sólo a sus recuerdos.
- Yo lo soportaba todo.... no sé por qué.
- ¿Por Dru? – preguntó tímidamente Angel.
Spike pareció volver de un sueño.
- No – reconoció. Su voz, empañada de tristeza, sobrecogía en el silencio de la habitación.- Ni siquiera. Por instinto seguramente. No sé por qué. Porque no puedes hacer otra cosa que soportarlo. Aguantas de pie mientras puedes. Hasta que te caes. Y en el suelo, reprimes las lágrimas. Y cuando lloras, te las secas con rabia porque nadie va a venir a consolarte. Hay que hacerlo. No pensar. No sentir.
Los ojos de Spike se inundaron de lágrimas no derramadas. Evitó la mirada de Angel, pensando que seguramente se reiría de su debilidad, como hacía antes. Pero, en lugar de eso, Angel le miró con un respeto nuevo y una inmensa piedad. Por primera vez atisbaba todo el sufrimiento del alma atormentada del poeta.
Spike no tenía alma tuvo que recordarse Angel.
Spike, el sarcástico jefe de los vampiros de Sunnydale, se había derrumbado por completo y sí, seguramente, lo que debería hacer Angel era sacar ventaja de la vulnerabilidad de su captor pero se sintió por completo incapaz. En lugar de eso, necesitaba pedirle perdón; aunque también sabía de sobra que Spike no podía aceptar sus disculpas. Avanzó un poco su mano atada hacia el rostro de Spike.
- Ni te atrevas a tocarme... –advirtió roncamente el antiguo poeta. Spike no se movió ni un milímetro, pero la autoridad gélida de su voz paralizó el gesto de Angel. Comprendió que la caricia sería para Spike el peor de los insultos.
- Ya no tienes tu anillo- observó Spike contemplando desde el vacío donde se había instalado la mano desnuda con que Angel había querido acarciarle. Un absurdo intento de recuperar una conversación trivial, pensó Angel. Pero el silencio espeso volvió a instalarse entre ellos.
Por fin Angel se atrevió. Para desesperación de Spike, murmuró lo que entonces, a las puertas de la muerte, acababa de comprender:
- Sigues siendo un pobre poeta romántico.
Spike se revolvió incómodo, pero a pesar de su malestar de animal acorralado, consiguió recuperar la calma para negar con la máxima frialdad que pudo conseguir en su voz.
- Te equivocas.
Angel, con infinita delicadeza, continuó:
- ¿Sabes qué, Spike…? Me alegro mucho - empezó a decir. Hablaba tan dócilmente que Spike, aun con recelo, se rindió a preguntar:
- ¿De qué?
- De que después de todo, no lo conseguí por completo, ¿verdad? Al final, fracasé. William pervive.
La voz de Spike adquirió una frialdad sobrecogedora.
- William murió. Yo soy Spike.
Angel no se dejó convencer
- No es cierto. A William no he conseguido destruirlo del todo. Ahora lo sé. – Por primera vez en aquella larga jornada, Angel encontró un motivo para distender sus labios en una leve sonrisa.- Y es una buena noticia para despedirme de la existencia.
La calma de Angel suscitó la furia de Spike, inundado de frustración y de odio. Tanto más encolerizado cuanto sentía que Angel era ya inmune a cuanto él pudiera hacerle o decirle. Se acercó a centímetros de su cara y con violencia mal reprimida se revolvió contra él:
- Pregúntate esto: ¿Crees que William te mataría? Porque yo sí voy a hacerlo. Acabaré contigo de una vez, Angelus. Te arrancaré de mi vida, cueste lo que cueste. Y salvaré a Dru. No siempre lo vas a destruir todo.
Angel en efecto, se lo preguntó. ¿Lo habría matado el William enamorado y desesperado que conoció? ¿Habría arremetido contra Angelus para salvar lo único que tenía valor para él, la compañía de una pobre loca condenada a la enfermedad y la muerte en mitad de una vida sin más horizonte que la desesperación?
Angel pensó que sí.
Ciertamente Spike no vaciló. Poco después inició el ritual y consiguió devolver la salud a su amada. Sólo un golpe de fortuna cambió la situación en el último momento: cuando la muerte de Angel era ya inminente, apareció la cazadora y lo salvó.
Spike intentaba huir con Dru cuando un órgano les cayó encima en una iglesia incendiada.
***
Spike se acostumbró, pero la primera vez no podría olvidarla jamás. En el suelo, William sólo quería olvidar y sin embargo, recordaba con curiosa nitidez detalles triviales. Los recordaba quizás porque pretendía olvidar lo demás y se aferraba a centrarse en esos detalles inconexos, queriéndolos desgajar del resto de aquel momento. Recordaba, por ejemplo, un anillo de Ángelus, un absurdo anillo irlandés con unas manos que enlazaban un corazón. O la presión de su brazo granítico contra su nuca, aprisionándole contra la pared. Y el dolor – qué absurdo recordarlo- de su pómulo raspando contra el muro áspero, y la voz susurrante y lasciva diciéndole al oído cosas que ni siquiera habían pasado jamás por su cabeza de poeta. Aterrado. Inmovilizado. Profanado.
Y recordaba lo solo que se había sentido cuando Angelus se marchó. Tanto que casi habría añorado una caricia suya. Aquellas obscenidades que le repugnaban. O su compañía. Él que poco antes había gritado que se marchara.
Quizás pasaron horas en las que casi agotó sus lágrimas en la más completa soledad. Pero no vino nadie. Mejor. No habría podido soportar la vergüenza. Luego, nunca supo cuánto tiempo después, se puso en pie, se limpió, recogió sus ropas y, mientras se bañaba, se prohibió pensar en lo que decidió que nunca había tenido lugar.
FIN
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