Trilogía: I.- "Una historia de tortura" por Ehiztari - Blog Ehiztari
Título: Una historia de tortura.
Tiempo: Segunda Temporada.
Rating: Para mayores de 18.
Prólogo Autora: Este primer fic pertenece a lo que yo llamo la Trilogía del dolor y la culpa, porque ése me parece su tema central. A causa de sus títulos también he pensado en alguna ocasión llamarla Trilogía de tortura soledad y traición. Aunque sus nombres suenen tan lúgubres, espero que os gusten porque no son –espero- tan sombríos como aparentan.
Son tres fics independientes, pero tienen puntos en común: los tres se desarrollan en la segunda temporada de BTVS, el protagonista es Spike, aunque, sobre todo, en el primero y el tercero, Angel (o Angelus) tiene también un importante papel. Se trata por tanto de dar la visión de la serie desde el punto de vista de los vampiros, con la ambigüedad moral que eso acarrea. Consecuentemente son para mayores de 18 años, porque, aunque hay pocas escenas de sexo o violencia explícitos, algunas sí pueden resultar un tanto duras. Son canónicos, es decir, no desmienten nada que hayamos visto en la serie, aunque hay un detalle trascendental del que Demonio y yo estamos convencidas, pero que nunca se dijo en la serie. Otro rasgo común es que todos ellos tienen cierta complejidad estructural y frecuentes flashbacks y desorden en el tiempo, lo que quizás exija cierta atención del lector. Espero que después de todo esto sigáis con ánimo para leerlos.
Escribí primero el que irá en segundo lugar (Vampiro), pero he decidido colocar primero el que se sitúa cronológicamente antes en los acontecimientos de Sunnydale y que es el que os presento a continuación: Una historia de tortura. Spike captura a Angel para que su sangre sirva para sanar a Drusilla, ¿recordáis?
Antes de pasar ya a los fics, tengo que agradecer a Demonio toda su ayuda, paciencia y cariño revisando docenas de veces éstas y otras historias. Además, este primer fic es suyo. Le está dedicado porque no sólo me soportó y colaboró en su creación, sino que consiguió cambiarlo sustancialmente. (Demonio, ya sabes que la culpa es tuya ;))
Una historia de tortura
Dedicado a Demoniodehiel
Londres, 1883- Mansión Fitzleroy.
Avanzaba por los pasillos en penumbra escuchando el menor susurro. Aunque probablemente no había nada que escuchar. El joven Lord Fitzleroy, reciente heredero de la fortuna de su padre, alocado, juerguista y muy sociable, no sólo había tenido la delicadeza de perder una fortuna a las cartas en los días anteriores, sino que había sido tan amable de invitar a sus compañeros de timba a su recién heredada casa de campo.
Si no te aseguras de a quién invitas a tu casa, puedes arrepentirte muy seriamente. Eso le había ocurrido aquella noche a Robert Fitzleroy que pensó banquetear con sus amigos y el resto de su familia y se encontró con la desagradable sorpresa de que sus nuevos amigos habían decidido incluirlo en el menú del banquete. Aunque en definitiva llevaba camino de conducir a la ruina rápida y la destrucción a su sufrida familia, los vampiros habían acelerado un poco ese proceso.
El servicio no había presentado la menor oposición y el joven caballero, antes de pasar a mejor vida, apenas hizo otra cosa que lanzar risibles amenazas mientras miraba con ojos desorbitados cómo los “invitados” alababan los delicados cuellos de sus dos hermanas menores. Luego las chicas, Darla y Drusilla, dijeron que querían disfrutar de su pequeña masacre para ellas solas y, entre risas, hicieron salir a Spike y a Angelus para encerrarse en el comedor con los supervivientes: un par de doncellas que servían la mesa, la digna Lady Fitzleroy, madre del insensato Robert, un viejo mayordomo y las otras dos chicas nobles.
Así que ahora deambulaba por los vacíos corredores, ahíto y aburrido.
El túnel estaba en semipenumbra, una suerte dado que había estado a punto de achicharrarse al sol de la mañana. Aunque no estaba en muchas condiciones de apreciar el paseo. Mejor dicho el transporte, porque estaba siendo arrastrado a través de las cloacas por los fornidos brazos de aquel par de vampiros, bajo la mirada vigilante de su rival triunfador.
Willy miró cómo se lo llevaban. Se alegraba de que limpiaran su local de aquella basura. Basura como Angel que se permitía el lujo de entrar en su bar y amenazarle y zarandearle para que le contara los planes de Spike y basura como Spike que le escupía su desprecio con cada mirada. Enzarzados en rencillas, pero en definitiva eran iguales, demonios peligrosos de los que había que cuidarse.
Al menos, Willy conseguía sacar algo de dinero del golpe de suerte que había encerrado a Angel en el soleado almacén de su propiedad, como un paquete preparado y envuelto para regalo, a punto de ser vendido al mejor postor. Y actualmente en Sunnydale, el mejor postor era Spike.
Willy recogió el último billete mojado del suelo sucio, mientras les miraba perderse en el primer recodo de la red de alcantarillado. ¡Vampiros! Mala raza que infestaba la tierra. ¡Que se fueran al infierno!
Claro que su dinero era tan bueno como el de los humanos y su enfado más de temer. Como ese maldito Spike. Sabía hacer bien las cosas y era conveniente no tenerlo como enemigo, pero… preferiría no tener que volver a verle. Desde que había llegado a Sunnydale y se había hecho con el poder, los demás vampiros le seguían como corderitos. Decían incluso que había acabado con el Ungido. Un tipo duro aunque no lo aparentara con aquellas pintas de punkie trasnochado. Y un prepotente. Quién se había creído que era tirándole el dinero al suelo, después de que él, sí él, el siempre servicial y avispado Willy, le había entregado a Angel atado de pies y manos. De no ser por él, no se harían ni la mitad de los negocios del submundo.
Suspiró. Sí, ojalá no tuviera que cruzarse de nuevo en el camino de Spike. Claro que mucho menos querría volver a ver a Angel. El pequeño detalle de habérselo entregado inerme y debilitado a su rubio enemigo no iba a favorecer una relación fluida entre ellos en el futuro. Y Angel, bastante bicho raro ya de por sí, contaba con otra pequeña peculiaridad: era amigo de la cazadora. Con esa sí que prefería no tener tratos
En fin. Mejor ni pensarlo. Era hora de abrir su local. Willy se guardó el dinero y se encaminó en sentido contrario al que habían seguido los vampiros.
Angel no tenía esperanzas de que nadie viniera en su rescate porque nadie sabía cómo era su situación. Había tenido buen cuidado de no decir nada a Buffy y sus amigos. Cuando sospechó que Spike había llamado a la Orden de Taraka contra la cazadora, se puso a investigar por su cuenta. No quería asustar a Buffy sin motivo. Aunque desde luego había motivo para asustarse. Y tampoco era la Orden de Taraka lo que con más ahínco había intentado ocultar. Le preocupaba aún más quién estaba detrás: Spike. Los cazarrecompensas iban muy en serio. Eran metódicos, disciplinados y seguramente infalibles. Pero Spike era … Spike era todo lo contrario. Y sobre todo, Spike era su pasado. El más terrible. Por eso cuando Spike y Dru aparecieron semanas atrás en Sunnydale y Giles y los demás buscaban desesperadamente cualquier atisbo de información sobre William the Bloody, Angel, que podía contarles de él más que ningún libro sobre la tierra, salió de la biblioteca sin decir casi ni media palabra.
Así, que ahora había sido apresado y sólo contaba con sus escasas fuerzas para defenderse. Estaba absolutamente solo. Solo en compañía de Spike y Drusilla, quienes no dejarían de cobrarse las viejas deudas pendientes. Quizás era justo que tuviera que enfrentarse solo a las consecuencias de sus actos. A ambos, él, Angel, los había convertido en lo que eran. Y no se refería sólo a la vampirización. Era mucho peor. Drusilla era el más grave de sus pecados, pero quizás Spike le dolía más aún. A Spike, más lúcido, más puro si cabe que la novicia, lo había sometido a una implacable labor de destrucción espiritual de la que era plenamente consciente. En el pasado William era un joven inocente y bueno. Desgraciadamente para él, se temía que de aquella bondad no debía de quedar mucho ahora.
- Mira, cielo, lo que te he traído.- Spike lanzó a los pies de Drusilla a su prisionero.
La lánguida expresión de Drusilla se animó al instante al reconocerlo.
- ¡Daddy!
- Sí, ahora estamos toda la familia reunida. –Angel estaba medio desfallecido. Intentó ponerse en pie, pero las fuerzas le fallaron. Spike lo agarró con brusquedad y lo levantó obligándole a mirar de frente a Drusilla. La camisa de Angel, entreabierta hasta la cintura, se abrió aún más. Sobre su carne, el contacto de la mano de Spike le trajo la sensación de algo lejano pero muy vívido en la confusión momentánea de sus sentidos.
- Toda la familia reunida como en los viejos tiempos -repitió irónico Spike y Angel supo de inmediato que tenía toda la razón. Había pasado más de un siglo desde la última vez que su piel había sentido el contacto tan próximo de la de Spike, pero el recuerdo se le hacía tan nítido y perturbador como si el tiempo no hubiera pasado. Sí. Familiar. Dolorosamente familiar.
Drusilla se le acercó sinuosa. ¿Estaba aún más delgada? No tenía buen aspecto. En la piel marfileña de sus brazos tan frágiles, se transparentaban las manchas amoratadas de pequeñas hemorragias internas. Los dedos delgados de Dru acariciaron con la levedad de un aleteo su cuello. Angel la conocía demasiado como para que sus estrafalarios gestos le sorprendieran. Le fue fácil hurtarse a la fascinación con que solía subyugar a los extraños impresionables. Procuró ignorarla también porque le daba pena y ése era un lujo que no podía permitirse. Se dirigió a Spike, alguien con quien sí se podía tratar en el terreno de la lógica.
- ¿Qué quieres de mí, Spike?
- Recordar los viejos tiempos –sonrió el rubio.
Dru giró lentamente a su alrededor. Sus gestos amplios y cadenciosos parecían querer envolverle en una danza extraña. Con fluidez teatral, llevó un dedo sobre sus labios mientras musitaba reprobadora:
- Has sido un papá muy malo.
- Sí, muy malo –ratificó Spike, con su sempiterna sonrisa en la boca.- Pero ahora hará algo por su chica. –Volvió a encararse con Angel- Me has preguntado para qué te quería. Me decepciona que no consideres el placer de reencontrarnos, Angelus, pero la verdad es que te tenemos reservado el papel protagonista en nuestra pequeña celebración. Necesitamos al sire de Drusilla para que recupere su salud y ése eres tú, el único e inigualable Angelus. Ya ves, todo un honor; aunque te cueste la vida. Esta noche, bajo la luna llena, serás el centro del ritual. Tu sangre la salvará. – Rió- Suena religioso, incluso ¿no? Nos traicionaste la noche de San Vigidio, pero después de todo, parece que sí servirás para algo.
Drusilla se acercó a la espalda de Spike. Sin separar sus ojos oscuros de Angel como de una presa apetecible, murmuró al oído de su compañero.
- ¿Puedo jugar con él, Spike? Déjamelo, por favor. Hasta la luna llena- suplicó anhelante.
Hubo un momento de duda en Spike. Apenas un instante, pero no pasó desapercibido para Angel. En su situación de total indefensión, escudriñaba cada detalle, cada gesto que pudiera servirle, y aquella ligerísima vacilación de Spike encendió todas sus señales de alerta. ¿Celos? ¿Inseguridad? ¡Cómo no! Angel comprendió que la dependencia de Spike por Drusilla era su más peligrosa insensatez en el pasado y, que al parecer las cosas no habían cambiado en el presente. Tomó mentalmente nota de que aquélla podía ser una brecha interesante en la que hurgar.
- ¿Me dejas jugar con él? Hasta la media noche– insistía mimosa Drusilla y Spike disolvió al instante su preocupación en aquella sonrisa encantadora que dedicaba a su dama
- Por supuesto, gatita. Yo nunca te negaría nada.
Dru le dedicó una sonrisa agradecida y seductora y Spike, al momento, se desentendió del maniatado y amordazado Angel para buscar con pasión la boca de su amante. Se enlazaron en un beso tan lleno de lujuria que por un momento, Angel pensó que iban a entregarse al sexo delante de él.
No fue así. Spike recuperó su papel de estratega y volvió a ocuparse de los detalles prácticos.
- Debo ir a ver a Dalton y preparar el ritual. -Miró de soslayo a Angel con una sonrisa irónica y acarició el rostro de Drusilla antes de despedirse.- Dru, sé buena chica. -Después acentuó aún más su sonrisa que cobró matices de crueldad.- No. Mejor sé muy mala. Angelus, debo complacer a mi sire. Espero que tú también colabores en esa tarea.
Drusilla se dedicó a torturar a Angel con delectación. Lo desnudó hasta la cintura y, atado a las columnas que sostenían el dosel de la cama, se entregó a mezclar juegos crueles y recuerdos. Éstos eran, sin duda, mucho más crueles que aquéllos. Quemó su carne con agua bendita y laceró su cuerpo con saña refinada, pero sobre todo lo zahirió, lo tuvo indefenso a su merced y le susurró palabras tan suaves que herían como estiletes. Calmadamente, sin inmutarse apenas, le habló de su familia masacrada, de la dulce perversión de la virtud, del sabor exquisito de la maldad pura inoculada como una droga en un corazón inocente.
El escozor de las quemaduras había convertido el pecho de Angel en una llaga palpitante. Pero eso, aunque estaba al borde de sus fuerzas, podía aún soportarlo. Lo que minaba toda su capacidad de resistencia era la propia presencia de Drusilla ante él, y no sólo por las terribles verdades que le decía, sino por el mero hecho de contemplarla y saber que era su obra. Enfebrecida, demente y sanguinaria, una frágil y virtuosa muchacha convertida en una ménade deseosa de venganza. Y sobre todo, ser consciente de que esa venganza estaba plenamente justificada.
Finalmente, Drusilla se marchó. Quizás se había cansado. Quizás su escasa salud requería unas horas de reposo antes del ritual. Seguramente había ido en busca de Spike, más dependiente de él que nunca. El caso es que Angel quedó solo durante unos minutos. Se sentía cada vez más débil. A la tortura física se unía la desazón de saberse enfrentado a las culpas de su pasado, algo que siempre le atormentaba, pero que, ante Spike y Drusilla se le hacía aún más amargo. Entornó los ojos. Intentó pensar. Relajarse. Olvidar el dolor. Tenía que ser fuerte. Mentalmente fuerte... Al menos no iba a dejarse someter por una loca y su no menos loco amante. Por muy digna de compasión que fuera Dru y por muchas cosas que le ligaran a Spike, no podía olvidar que eran dos asesinos que planeaban acabar ritualmente con su existencia después de torturarle. Tenía que superar el complejo de culpa y poner un poco de calma en su espíritu, aunque sólo fuera para enfrentarse con dignidad a sus dos verdugos.
Apenas tuvo unos minutos de tregua. Poco después, Spike entró en la habitación. Angel le miró acercarse en silencio. Sin mediar palabra, le tomó del mentón y le alzó el rostro para examinarlo. Revisó las señales de los golpes y algún corte que surcaba su cara. Eran anteriores. Fruto de la pelea en la pista de hielo. Aunque Spike desconocía la causa, sí sabía que no habían sido obra de Dru. A ella sólo se debían las quemaduras de agua bendita que enrojecían el torso del vampiro. Pareció darse por satisfecho. Angel se sintió mercancía, un animal cuyo estado se valora en la feria antes de comprarlo. Quizás para ser tratado como un igual, rompió el silencio con una pregunta llena de serenidad.
- ¿Vas a matarme, Spike?
- Pero no todavía.
- Me extraña que aparezcas. Creí que dejabas la tortura en manos de Dru.
- Ella es buena en eso, ¿verdad?
- A ti siempre te ha faltado estómago.
- Y paciencia. Suele ser tan aburrido… En realidad, he venido a ver si te encontrabas bien.
- Enternecedor.
- Más bien, pragmático. Te necesito vivo hasta la media noche y con Dru nunca se sabe, ya la conoces.
- Dru está loca.
Ante la obviedad que acababa de decir, Spike lo miró divertido.
- Como una jodida cabra – confirmó. - Pero eso tú lo sabes bien porque algo tuviste que ver en ello.
- Tú también eres un loco, Spike. Estás más chiflado que la propia Dru.
Spike rió.
- Claro, Angel, ¿cómo no íbamos a estar locos? Somos tu semilla.
Angel obvió la ironía.
- ¿Por qué lo haces?
- ¿Necesito excusas para acabar contigo, Ángelus? ¿No crees que es un placer que tiene en sí su propia justificación? La venganza es un plato frío dicen. Pero sobre todo es exquisito.
- No te pregunto por qué quieres matarme, sino por qué sigues junto a ella.
De pronto, Spike, en un sorprendente giro de humor, se encaró a él con odio:
- ¿Te parece razón suficiente porque tú la enloqueciste y la mataste y eso sólo fue tu forma de empezar?
Angel guardó un momento de silencio. Luego, clavó su mirada en los ojos azules de Spike.
- Ésa no es la respuesta correcta –aventuró. Después se lo pensó mejor- O quizás sí, pero no es la única respuesta.
La voz de Spike se enronqueció imperceptiblemente. Sosteniendo la mirada de su sire, y con una dignidad inusual, dijo algo que sobrecogió a Angel.
-No tenías derecho a hacerlo.
Había recorrido interminables pasillos solitarios en la lujosa casa de Lord Fitzleroy y ahora, tras una puerta de la fastuosa mansión, detectaba una presencia. Alguien estaba al otro lado. Se había alimentado en la planta baja; así que no tenía hambre, pero la curiosidad, le atrajo. Spike apretó el picaporte y lentamente abrió la puerta.
- ¿Qué… quieres decir con que no tenía derecho? –inquirió Angel.
Spike le dedicó una mueca llena de sarcasmo.
- Vamos, Angel, ¿tengo que explicártelo? Tú lo sabes mejor que yo. No tenías derecho a hacer nada de lo que hiciste. Ninguno de nosotros lo tiene. Pero lo que hiciste con Dru… la rompiste.
Angel, sobrecogido porque Spike planteara con tan meridiana claridad lo que él pensaba, ocultó su confusión para fingir un sarcasmo que estaba muy lejos de sentir.
- ¿Ahora vas a ejercer de predicador? No sabía que lo tuyo fueran las lecciones de moralidad.
Spike, con una expresión terrible, se enfrentó a él, convertido en el más implacable juez que jamás tuvieron los odiosos actos de Angelus.
- Tú la destruiste. Tú la convertiste en lo que es y ahora… No tiene a nadie. - El pecho de Spike, se elevaba rítmicamente, agitado por la furia. -Yo tengo que cuidarla porque tú… porque me necesita. Necesita a alguien.
Angel no pudo sostenerle la mirada. Spike hizo un esfuerzo por calmarse. Durante unos segundos también él guardó silencio.
Angel lo miró de una forma nueva. Recordaba al joven impetuoso con el que había compartido orgías y peleas, pero… no podía reconocer aquellos sentimientos extraños. Los motivos de Spike siempre tenían que ver con Dru, una dependencia que Angelus había considerado estúpida y peligrosa, pero que ahora le parecía inverosímil y se preguntaba asombrado si en esa insólita relación que le unía a Drusilla podía caber una razón altruista. ¿Era la pura generosidad de proteger a alguien más débil lo que impulsaba a Spike?
No. Lo desechó de inmediato. Spike no tenía alma. Era imposible.
- Haré cualquier cosa por ella –prometió un inusualmente serio Spike.
- Y, sin embargo, nunca consigues contentarla ¿verdad? – Spike procuró contenerse, pero a Angel no se le ocultó la ráfaga de rabia que cruzó su mirada. Buscando premeditadamente alterarlo aún más, insistió: -Lo noté cuando me tocaba… Yo sé lo que le gusta a Dru. Quizás pueda darte algún consejo…
Spike perdió los estribos.
- ¡Cállate, maldita sea! No tienes ni idea, Angelus. Dru y yo…
- ¡Dru y tú…! ¡Pobre poeta! Idiota. Sigues igual, siempre imaginando fantasías. Dru está loca y no te ama. Ni siquiera entiende eso que tú dices sentir.
- Tú tampoco deberías entenderlo. Eres un vampiro como nosotros. De nuestra misma raza. Compartimos la misma sangre y la misma esencia. ¿O me vas a decir que esa zorra tuya, la Cazadora, ha cambiado algo de eso? Porque esas cosas no cambian, Angel.
- No hablamos de mí, sino de ti, Spike. ¡Abre los ojos!
- Quizás tú los cierres para siempre –amenazó.
Angel, le sostuvo la mirada imperturbable.
- Morir es fácil. Nosotros lo sabemos.
- Sí –admitió Spike finalmente, tras un breve momento de mutismo.
Sí, morir era fácil. Era bastante más difícil nacer.
A William le costó años de lágrimas.
Morir sin embargo, fue muy placentero. Apenas un momento de dolor, para disolverse luego en una nada confortadora donde sentirse por completo libre y ajeno a cualquier sufrimiento. Lo recordaba bien. Apenas una línea roja como de fuego sobre el seno blanco, el dolor agudísimo que pronto se disolvía en placer desconocido. Como el primero y el más dulce de los orgasmos que luego viviría.
Después, al principio, también estuvo bien. De la mano de Drusilla encontró la alegría y la despreocupación. Era una sensación de poder y plenitud que jamás había conocido. Encontró, sobre todo, el placer, el deseo saciado y constantemente renovado. Ser eterno, fuerte, seguro, deseado, temido. Tenerlo todo con sólo alargar la mano para tomarlo. Tener cosas, personas, algo así como afectos o al menos, la conciencia de un orden en el que encajar. Pertenecer. Por aquel entonces fue a ver a su madre. Pero eso era algo que no quería recordar. Había otras cosas que tampoco quería recordar.
Sí, al principio estuvo bien. Muy bien. Embriagador como una borrachera de placer y despreocupación. Hasta que en su camino se cruzó Angelus.
Alguien llamó a la puerta. Debía de ser alguno de los vampiros a las órdenes de Spike, aunque se quedó fuera y Angel no pudo reconocerlo. Desde su posición, atado a la gran cama matrimonial, sólo podía ver a Spike de espaldas dando órdenes a los que estaban fuera. Por algún capricho absurdo de su mente, Angel divagó sobre lo más intrascendente: el aspecto de Spike.
¿Por qué se habría dejado aquel pelo estrafalario? Él siempre había sido alocado, único, llamando la atención casi por necesidad, pero ese pelo... era como un insulto, una bandera de provocación. Lo que, por otra parte, pensó, le cuadraba a la perfección, pero era simplemente que no le gustaba. Recordaba muy bien su aspecto antes... muchos años antes. Tenía un suave cabello ondulado y castaño. Le gustaba el pelo de William. Le hacía parecer juvenil, rebelde y, al mismo tiempo, delicado, limpio. Todo en William era inocente y virgen.
Corromperlo fue uno de los deleites más perversos que disfrutó en su existencia.
- Parece que ya está todo dispuesto – le informó cuando volvió tras cerrar la puerta a sus lacayos. El paréntesis de distensión había permitido a Spike recuperar su aplomo. Sonrió probablemente para mostrar que volvía a ser dueño de la situación.- Sólo falta que llegue el momento adecuado.
Se cruzó de brazos ante Angel, interpelándole con cierta sorna:
- ¿Estás impaciente?
- ¿Y perderme tu deliciosa compañía? No.
Spike acentuó su sonrisa.
- Tienes agallas, irlandés. Siempre las has tenido.
Se acercó más para comprobar las ligaduras de sus muñecas. En realidad, fue en su muñecas desolladas por las correas en lo que se fijó. Pasó suavemente las yemas de sus dedos sobre la piel en carne viva, de un modo tan pausado que puso un estremecimiento en Angel.
- ¿Te duele?
- Sí.
Spike colocó su bota entre las piernas de Angel y se inclinó hacia él. Al hacerlo, con el movimiento de ligero balanceo, su camisa acarició el pecho desnudo de Angel. Spike avanzó su mano lentamente, demorando una leve caricia sobre las heridas del pecho. Muy suave. Desafiante.
- ¿Piensas matarme a caricias? – preguntó ásperamente Angel para romper el sortilegio de intimidad que Spike conseguía imponerle.
Spike rió ante la salida.
- Es una idea. – Le miró risueño, francamente divertido.- Sí, una idea muy interesante.
Avanzó un poco la lengua entre los dientes en aquel gesto travieso suyo, que anticipaba una maldad o un placer perverso saboreado de antemano. Se acentuó su sonrisa y el brillo de sus ojos al inclinarse despacio sobre la boca de Angel.
Angel procuró mantener una apariencia de serenidad, dejándose besar sin responder pero sin impedírselo tampoco. Spike colocó su mano sobre el cuello de Angel y lo atrajo hacia sí con un contacto firme pero suave. Entornó sus ojos mientras, su lengua exploraba la boca de Angel y éste se dejaba hacer. Al prisionero le costó mucho fingir indiferencia.
Besaba muy bien y Angel tuvo que cerrar los ojos para hacer un esfuerzo de autocontrol, al tiempo que intentaba discernir por qué Spike hacía aquello. Por humillarle seguro, por retarle, también; pero además, tras la fanfarronada y la burla, creyó atisbar en su beso algo más, un deseo atormentado de arrancarle unas migajas de algo. Angel intuyó que en su provocativa forma de besarle se entremezclaba un confuso manojo de sentimientos e impulsos, el desafío, el odio, la satisfacción, la búsqueda de aprobación, el desesperado anhelo de alguna respuesta. La sensualidad se entreveraba de extrañas sensaciones no menos incitantes y algunas incluso conmovedoras. Junto al deseo, Angel notó que en él se despertaba también un difuso sentimiento de piedad.
Spike apenas se separó un poco mirándole burlón, como el niño que, tras hacer una trastada, siente la excitación de haber vulnerado las normas mientras espera la respuesta a su osadía. Bajo su estómago sentía la erección de Angel que le miraba en un silencio digno.
- Sigo poniéndotela dura sólo con acercarme, ¿eh? - Contempló con descarada satisfacción la tela tensa del vaquero y colocó allí la palma de su mano.- Ella,... tu chica, ¿lo consigue con tanta facilidad?
Volvió a inclinarse sobre él, muy despacio, su mano izquierda inmóvil sobre la poderosa erección de Angel, la derecha acariciando –apenas un roce- la cintura desnuda de Angel, el inicio de su cadera. Por un momento creyó que iba a besarle otra vez, pero en el último instante, la cabeza de Spike se desvió un poco para susurrar a su oído.
- Lo siento, Angel. Esta vez no vamos a jugar a tu juego.
Se irguió victorioso y displicente y Angel sintió la necesidad imperiosa de hacerle daño. Pausadamente, con tanta insolencia como aplomo y clavando su mirada en la de Spike, sugirió:
- Pero podemos llamar a Dru. Ya sabes que ella siempre me prefiere a mí para estos juegos.
Lo consiguió. El fogonazo de ira que cruzó la mirada de Spike dejó pequeño el puñetazo demoledor que impactó contra su rostro.
- Recuerda que me basta con que llegues vivo al ritual. En qué estado no me importa en absoluto.
Hablaba en serio. Angel lo sabía, pero también era cierto que ya no le importaba lo que Spike pudiera hacerle. Él estaba más allá del miedo al dolor físico y su rival -ahora lo veía con total claridad-, no era tampoco inmune a otro tipo de dolor. Podía combatirle con armas semejantes. Más aún, empezaba a comprender que era él quien más daño podía hacer.
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